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Balance pandémico

Hace un año  del inicio de la pandemia y parece inevitable hacer balance. La desconexión a la que estamos acostumbradas, puede que nos impida darnos cuenta, pero el cuerpo siente la trascendencia de este aniversario y recuerda todo lo vivido hace un año. El shock, el miedo, la incertidumbre, la sensación de «esto no puede estar pasando» sigue viva en cada célula del cuerpo. Nuestra mente está entrenada para olvidar como mecanismo de protección, pero el cuerpo tiene memoria. Por eso puede que tú también te sientas especialmente revuelta estos días.

Ha sido un año que, sin duda, nos ha transformado como individuos y como sociedad, aunque algunos se sigan resistiendo a verlo. Hemos perdido muchas cosas y hemos ganado mucho también. Y si tengo que destacar algo, para mí ha sido el darnos cuenta de lo que de verdad importa. La invitación a volver a lo esencial, a lo humano, a lo que somos y a lo que nos une. 

Cuando hablo de hacer balance no me refiero a entrar a valorar si ha sido positivo o negativo porque de nada sirve cuestionar y juzgar cómo se manifiesta la vida. A estas alturas, ya deberíamos haber aprendido que la vida tiene sus planes y sus por qués aunque no siempre alcancemos a entenderlos. Pretender que las cosas sean de otro modo a como están siendo me parece un alarde de soberbia y prepotencia del que he pecado insistentemente y al que ya he renunciado.

Claro que muchas veces, duele y no es fácil. Hay pérdidas que nos marcan para siempre y un montón de sueños rotos. 

El problema es que seguimos resistiéndonos a atravesar ese dolor y buscamos compulsivamente formas de evitarlo. Nos distraemos, nos anestesiamos, sin darnos cuenta de que el dolor, por mucho que lo tapemos y lo ignoremos, no se va a ninguna parte mientras no lo miremos de frente y nos sumerjamos en él.

Nos da mucho miedo enfrentarnos a nuestro propio dolor porque nadie nos ha enseñado que la paz que tanto anhelamos se encuentra cuando atravieso ese dolor. Queremos encontrarla huyendo sin darnos cuenta de que es eso precisamente lo que nos aleja de ella. No podemos estar en paz mientras rechacemos lo que estamos sintiendo porque estamos rechazándonos a nosotras mismas. Al contrario de lo que crees, cuando estás con lo que hay, aunque duela, estás en paz porque estás contigo y eres capaz de abrazar tu experiencia tal y como está siendo. 

La pandemia se ha llevado por delante casi todas las distracciones que nos servían para escapar de nosotras mismas y nos ha obligado a sentarnos frente a frente con nuestro dolor. Y claro que duele pero qué ingenuo es pretender que la vida sea una eterna primavera. Ha llegado el momento de hacernos cargo de nuestro dolor, de nuestras sombras y nuestros vacíos. Y eso implica aceptar y entender que el dolor, no sólo forma parte de la vida, sino que nos hace crecer y evolucionar.

Aprendemos de las experiencias dolorosas y por eso, más que entrar a valorar lo que ha supuesto la pandemia, me parece mucho más interesante pararme a reconocer qué he aprendido por el camino. Echo la vista a atrás y me reconozco más sabia y a la vez me doy cuenta de que atesoro muchas menos certezas. Me siento más ligera y despierta. Más auténtica, más vulnerable y la vez más fuerte.

Y, sobre todo, me reconozco en un proceso de metamorfosis constante en el que, a su ritmo, unas veces lento y otras vertiginoso, se bailan alternándose la luz y la oscuridad. La vida y la muerte. El dar y el recibir, la inhalación y la exhalación, el día y la noche, el yo y el tú, lo de dentro y lo de fuera, la luna y el sol.

Me reconozco habitando mis polaridades en busca de un equilibrio efímero e impermanente.

Reconocerme en constante cambio, me permite abandonar la necesidad de definirme y me da la oportunidad de descubrirme con curiosidad a cada paso el camino. Encontrarme conmigo sin un guión predefinido. Parece paradójico pero cuanto más descubro sobre mí, menos necesito conocerme. Y puedo disfrutar del proceso en toda su intensidad porque no hay ninguna meta a la que llegar. 

Abrazo lo que la vida me trae, me guste o no, porque confío en que sabe lo que hace porque así me lo ha demostrado infinidad de veces y porque ¿quién soy yo para cuestionar algo tan inconmensurable?

He dejado de preguntarme por qué y tampoco busco el para qué porque sé que acabará desvelándose por si mismo el algún momento o quizás no porque simplemente tenía que ser así, y también está bien . No soy más que una diminuta gota del vasto océano cuyo destino no es otro que fundirse en él. Y para mí ahí está la grandeza de la vida.

Si en vez de pelearnos con la vida probamos a fundirnos con ella y en vez de seguir huyendo del dolor, probamos a sumergirnos en él; comprobaremos que detrás de lo que tanto tememos, está la paz que tanto anhelamos. 

El camino es siempre hacia dentro y quiero acompañarte a encontrarte contigo. El Círculo está a punto de cerrar sus puertas y nos faltas tú. ¿Te vienes?

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