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B The Change MOM's Bea Aguirre La maternidad del cambio

De la autoexigencia a la condescendencia

 

Seguramente ya te hayas dado cuenta de que con frecuencia eres tu peor enemigo. Solemos ser terriblemente injustas con nosotras mismas y no tenemos piedad a la hora de juzgarnos. Creemos que tenemos que ser perfectas y buscamos incansablemente nuestra mejor versión desde la creencia (falsa) de que tal y como somos, no es suficiente y que siempre podemos hacerlo mejor. Hemos aprendido a mirarnos desde la exigencia y la culpa y a vincular nuestro valor a los resultados que obtenemos. Todo ello, nos lleva a exigirnos siempre más y vivimos con ese peso a cuestas constantemente, a veces nos falta el aire pero seguimos sin descanso hasta que con el tiempo se acaba volviendo insoportable. Y es esa saturación de sufrimiento lo que hace posible el cambio.

Empezamos a sentir la necesidad de aprender a mirarnos con amor y compasión. Es un camino que yo llevo años transitando y por eso, acompaño a madres en ese proceso, a través de diferentes formatos y programas con ese objetivo común: ayudarte a recuperar el amor hacia ti misma y a conquistar la libertad de ser tú. Porque sólo así, tus hijos sentirán la libertad de ser lo que han venido a ser y podrán construir un mundo mejor desde el amor y el respeto.

Somos madres semilla y me gustaría invitarte a qué te preguntes qué semilla quieres plantar tú. Hemos aprendido un modelo poco amoroso de desconexión y auto-abandono que seguiremos transmitiendo a nuestros hijos a no ser que nos tomemos el trabajo de construir uno nuevo, cambiando la forma que tenemos de relacionarnos con nosotras mismas, con los demás y con nuestro entorno como forma de cambiar el mundo. 

Son ya muchas las madres que han iniciado ese camino de regreso a si mismas y que han comprobando que cuando tú cambias, cambia todo lo de más. Que mientras sigas poniendo el foco fuera, tu vida no cambia, empieza a cambiar cuando decides dejar de huir y te atreves a mirar hacia dentro.

En ese proceso, recuerdas quién eras antes de que el mundo te dijese quién tenías que ser, aprendes a escucharte y a reconocer tus necesidades y anhelos genuinos que un día enterraste bajo tierra porque creíste que tu deber era complacer a los demás. Y así te olvidaste de ti y ahora toca atender todo lo que lleva tanto tiempo escondido. Descubres quién eres realmente, qué necesitas y cómo puedes dártelo. Te haces cargo de la niña herida que aún vive en ti y aprendes a maternarte. 

Pero a la hora de cubrir nuestras necesidades, es muy habitual confundir lo que me apetece con lo que necesito. Hemos aprendido lo que necesitamos pero como supone un esfuerzo y no queremos sobre-exigirnos, caemos en la condescendencia para sentirnos bien en el momento. Y hacer lo que a una le apetece alguna vez, a pesar de saber que no es lo que a medio-largo plazo me va a hacer bien, no es ningún delito pero si caemos en eso un día si y otro también, estamos atentando contra nuestro amor propio.

Elegir el amor propio supone ir en contra de la inercia de los patrones inconscientes que tenemos tan automatizados y que nos empujan constantemente a huir de nosotras mismas, a no escucharnos y a vivir en modo automático sin tenernos en cuenta. Elegir estar contigo, conectar con tus necesidades y atenderlas, supone un esfuerzo (sobre todo al principio) y en cuanto nos relajamos y nos dejamos caer, corremos el riesgo de dejarnos arrastrar nuevamente por ese impulso que ya sabemos a donde nos lleva. Además, luego cuesta más volver al nuevo patrón que es el que te lleva hasta ti. Por otro lado, un exceso de condescendencia te impide avanzar y crecer porque el cambio se construye a través del esfuerzo y de tomar decisiones nuevas que te llevarán a crear nuevas experiencias en tu vida y a obtener resultados diferentes. 

El amor propio no es un estado ni una meta que alcanzar, es una decisión que tomo libremente y que cultivo a través de acciones que me llevan a cuidarme y a tratarme con amor. Y hacer lo que me apetece en cada momento no es quererme. De la misma manera que no le das chuches a tu hijo cada vez que te las pide porque sabes que no es bueno para él, caer en la condescendencia contigo misma, puede convertirse en un enemigo tan peligroso como la auto-exigencia. 

¿Y entonces? Como todo en la vida, se trata de encontrar el equilibrio, un equilibrio que será distinto para cada una, dependiendo de tu forma de ser, del momento en el que te encuentras y de si tiendes a darte con el látigo o a ser excesivamente condescendiente contigo. Y tenemos que transitar los dos extremos antes de poder encontrar el equilibrio que nos permita avanzar sin perdernos por el camino. 

Y esto no es más que una reflexión que comparto contigo a la vez que me lo recuerdo a mí porque me doy cuenta del peligro que tiene caer en la condescendencia y de que es un obstáculo que me aleja de mi objetivo de cuidarme y de amarme.

¿Tú también te reconoces en esa trampa?

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