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Navidad, emociones y familia

¿Por qué nos remueve tanto la navidad?

 

Esta mañana me comentaba un amigo que, como cada navidad, está especialmente sensible estos días. A mí también me pasaba y sé que no soy la única que vive la navidad con cierta melancolía sino que es algo muy común. Y este año tan raro en el que no hemos podido hacer lo de siempre, ni reunirnos con nuestros seres queridos, invita aún más a la nostalgia. Sin embargo, este año yo no la he vivido así y eso me ha hecho reflexionar.

Los vínculos son, sin duda, la parte más importante de nuestra existencia y de los que dependemos para sobrevivir, especialmente cuando somos niños. En la infancia se dan esos primeros vínculos en el entorno familiar y cómo los vivimos emocionalmente queda registrado en nuestro subconsciente.

La navidad es una festividad muy familiar en la que los conflictos vinculares se despiertan, removiéndonos a nivel emocional. Bien porque añoramos los vínculos de los que ya no están o porque las reuniones familiares ponen de manifiesto aquello que sentimos que nos falta de nuestros vínculos más importantes (especialmente de nuestros padres) y que, de un modo u otro, seguimos anhelando. En cualquier caso, la navidad tiene la capacidad de devolvernos a nuestra infancia y las heridas que arrastramos desde entonces se hacen más evidentes lo que hace que nos sintamos más vulnerables y necesitemos nutrirnos de esos vínculos.

Los hilos que mueven los vínculos familiares son muy sutiles y en muchos casos invisibles, pero operan desde nuestro inconsciente activando nuestro sistema emocional a un nivel lo suficientemente profundo como para que no podamos acceder a él sino nos tomamos el tiempo y el esfuerzo de conectar y entender esa parte nuestra que dirige gran parte de nuestras reacciones (y por tanto, de nuestra vida) sin que nos demos cuenta de ello.

Estamos, además, acostumbradas a vivir estos días con mucho ajetreo y volcadas en ofrecer a nuestros hijos una Navidad que puedan recordar y eso hace más difícil poder atender todo ese batiburrillo emocional que llevamos por dentro y nos olvidamos de nosotras una vez más. Estamos más sensibles de lo habitual, le echamos la culpa a las fechas y seguimos como si nada. Sin darnos cuenta de que toda emoción que no se atiende se queda grabada a nivel corporal y con el tiempo acaba dándonos problemas. Podemos olvidarnos de lo que sentimos a nivel mental, pero el cuerpo siempre lleva la cuenta de todo lo que no hemos gestionado y cuando menos te lo esperas, vuelve a salir.

Mis abuelos maternos fueron un pilar muy importante para mí de niña y de adolescente. Siempre que podía me escapaba al pueblo con ellos huyendo de la ciudad y de los fantasmas que me perseguían. Fueron mi refugio. Nunca olvidaré las navidades en su casa, mi abuela siempre esperaba a que llegase yo para subir al doblado a buscar las cajas para montar el árbol y el belén. Mi madre tiene 6 hermanos y somos 16 primos. Dormíamos 2 ó 3 en la misma cama, era una casa de pueblo sin calefacción y hacía muchísimo frío pero era divertidísimo. Había exceso de regalos, de dulces, de villancicos y de conflictos también, pero los niños nos manteníamos al margen. Recuerdo el olor a pan tostado por la mañana, los desayunos interminables al calor del brasero y el sabor de la manteca colorá de Eugenia. 

Mi abuelo murió cuando yo tenía 22 años y fue uno de los acontecimiento más traumáticos de mi vida. Quizás algún día me anime a hablar más sobre eso. Mi abuela murió años después y para mí la navidad nunca volvió a ser lo mismo. La he vivido con mucha nostalgia y pena desde entonces y de ser mi época favorita del año, pasé a aborrecerla.  Antes de ser madre siempre intentaba irme de viaje a algún país lejano para evadirme de tener que afrontar aquellos sentimientos que me invadían cada año. Con la maternidad hice un esfuerzo por normalizar mi forma de vivirla intentando disfrutarla junto a mi hijo pero me separé y volvieron a ser tremendamente tristes para mí. Renunciar a compartir el día a día con él fue la parte más difícil de aquella decisión y el primer día de reyes sin él creí morirme de la pena.

Pero de eso hace ya 8 años y he recorrido mucho camino desde entonces, incluyendo un segundo hijo y una segunda separación. Las dos últimas navidades tampoco las he podido compartir con Noah al 100% y sin embargo, las he vivido con mucha paz y gratitud.

Desde que la maternidad puso todo mi mundo patas arriba, he buscado incansablemente y explorado mil maneras diferentes de sentirme bien. He aprendido que, aunque siempre lo había tenido al alcance de la mano, necesitaba descubrir el secreto.  Y es muy sencillo: ahora estoy conmigo. 

Tengo a mis abuelos (y todo lo que me entregaron) muy presentes en mi día a día. He aprendido a escucharme y a respetarme. A no traicionarme y a darme lo que necesito. A acoger todas mis emociones, a aceptar que la vida manda y a tomar lo que me trae. A confiar y a entregarme a cada instante, sin querer cambiar nada, tomando lo bueno y también lo malo. 

Podría decir que mi vida ha cambiado radicalmente desde que me permito ser yo, pero, en realidad, la que ha cambiado soy yo. Y eso hace que cambie todo lo demás. Esa es la magia. No hay más.

Y no quiero quedármela para mí. Siento la necesidad de compartirla para aliviar el sufrimiento que yo también he habitado durante tantos años. Quiero ayudarte a encontrarte. No para que la vida deje de dolerte porque eso no es posible, pero sí para que vuelvas a conectar contigo, con tus necesidades y tus anhelos. Para que recuperes el amor propio y te des permiso para vivir una vida más auténtica y plena. Para que te des cuenta de que la paz que buscas, está dentro de ti. Sólo tienes que aprender a mirarte con otros ojos, desprenderte de la idea que tienes de ti para poder ver tu verdadera esencia y la luz que ya hay en ti.

Y por eso he creado CONMIGO. Te espero dentro para descubrir juntas el camino de regreso a casa.

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