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B The Change MOM's Bea Aguirre La maternidad del cambio

Todas tenemos una herida de infancia que necesitamos sanar para que no siga controlando nuestra vida

 

Puede que aún no seas consciente de ello, pero tu falta de amor propio viene de tu infancia. Cuando venimos al mundo, nuestra madre (o en su ausencia, la principal figura de apego) compone todo nuestro universo porque desde que estamos en su vientre, es la primera y única realidad que conocemos. Al nacer, dependemos de ella y de sus cuidados para sobrevivir, lo que la convierte en el centro de nuestra existencia. Es nuestro lugar seguro y el amor que desarrollamos hacia ella es el más grande y puro. Un amor que esperamos de vuelta en la misma medida, pero el amor que mamá puede ofrecernos dentro de su imperfecta humanidad y sus circunstancias, nunca se corresponde con nuestra expectativa. No porque no lo haya, si no porque no lo recibimos en la forma que necesitábamos.

 Ese “defecto de amor” que se produce es la primera semilla de una herida que nos acompañará toda la vida. Según vamos creciendo y acumulando vivencias, vamos interpretando el mundo que nos rodea desde esa herida que nos recuerda que no somos merecedoras de amor.

Desde la lógica infantil interpretamos que la causa es que hay algo malo en nosotras y empezamos a construir nuestro auto concepto bajo la premisa de ser defectuosas, inadecuadas e insuficientes.  Crecemos con esa idea de nosotras mismas que arrastramos hasta la adultez porque nadie se ha encargado de decirnos que fue una interpretación nuestra que no se corresponde con la realidad y que, por lo tanto, no es cierta.

El problema es que vivir bajo esa premisa de insuficiencia y escasez determina el modo en el que nos relacionamos con nosotras mismas, con los demás y con la vida.

Nuestras creencias determinan lo que sentimos. Nuestras emociones determinan nuestros actos que, a su vez, determinan los resultados que cosechamos en la vida. Por eso, para poder obtener resultados diferentes, tenemos que restaurar el amor propio porque nos va a permitir relacionarnos con nosotras mismas y con los demás desde una nueva perspectiva más sana y conectada con nuestra verdad. Para ello, hay que ir a la raíz del problema.

Decirle a esa niña herida que sigue viva dentro de nosotras, que no hay nada malo en ella, que su valor no reside en lo que hace si no en lo que es, que no necesita ser perfecta y que, como cualquier ser humano, merece amor y respeto.

 Ya no somos niñas dependientes de la mirada de mamá y papá, pero seguimos buscando desesperadamente aprobación y validación externas porque esa niña herida sigue demandando lo que no tuvo de pequeña pero ahora sólo tú puedes dársela y necesita que te hagas cargo de ella.

Es un proceso complejo en el que hay que ir por fases para conseguir que nuestra niña interior vuelva a confiar en nosotras después de haberla abandonado durante tanto tiempo.

En mis talleres “Aprendiendo a quererte”  te enseño cómo hacerlo pero te dejo aquí algunas claves que te ayudarán a hacer ese camino:

    • Apaga el ruido de fuera para ir hacia dentro. El ruido de fuera y el de tu mente son los condicionamientos y creencias que te alejan de tu verdad y hace falta apagarlos practicando el silencio, la soledad y la conexión con tu cuerpo para que pueda surgir esa voz dentro de ti que llevas tanto tiempo sin atreverte a escuchar.
    • Reconoce tu herida infantil y conectar con tu niña interior. Todas tenemos una herida infantil aunque no seamos conscientes y podemos reconocerla observando nuestra forma de funcionar en el mundo hoy. Hay tres tipos de herida principales: abandono, rechazo y desvalorización y aunque, solemos tener una mezcla de todas, siempre hay una que predomina. Obsérvate y sé honesta contigo. ¿Qué es lo que más miedo tienes de sentir e intentas evitar a toda costa?
    • Despierta tu voz interior y aprende a reconocer las diferentes voces que te habitan (niña, ego y adulta) para poder diferenciar la de tu esencia entre todas ellas. ¿Quién eras antes de que el mundo te dijese quién tenías que ser?
    • Aprovecha la maternidad para aprender de ti. La maternidad te ofrece el marco perfecto para ello porque tus hijos te hacen de espejo todo el tiempo. Observa tus reacciones en la interacción diaria con ellos porque no tienen nada que ver con su conducta si no que te está hablando de tu niña interior y de sus necesidades que siguen sin ser atendidas.
    • Comprométete contigo y con tu verdad. No te voy a engañar: no es un camino fácil pero te aseguro que la recompensa merece la pena porque va a transformar tu vida y romper esa cadena de desconexión y auto-abandono a través de tu ejemplo, es el mejor regalo que puedes hacerle a tus hijos.

 

Sólo necesitas tomar la decisión, trazar el camino y empezar a caminar.  Si no quieres hacerlo sola, yo estaré encantada de acompañarte.

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